¿Tiene la mujer derecho ante Dios para abortar? Antes de responder, tengamos presente el siguiente pasaje bíblico, para analizar este tema tan controversial a la luz de la Palabra y de la cosmovisión bíblica:
Porque Tú formaste mis entrañas;
Me hiciste en el seno de mi madre.
Te daré gracias, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho;
Maravillosas son Tus obras,
Y mi alma lo sabe muy bien.
No estaba oculto de Ti mi cuerpo,
Cuando en secreto fui formado,
Y entretejido en las profundidades de la tierra.
Tus ojos vieron mi embrión,
Y en Tu libro se escribieron todos
Los días que me fueron dados,
Cuando no existía ni uno solo de ellos (Sal 139:13-16).
Ante la pregunta inicial, la respuesta cristiana y contundente es: «Claramente, ¡no!». Sin embargo, debido a toda la confusión generada por el engaño empleado por la industria abortiva, es necesario analizar el tema de forma más detallada. El «derecho» que la mujer tiene sobre su cuerpo ha sido el caballo de batalla que se ha usado en la defensa de las legislaciones que favorecen el aborto.
Definamos el aborto
Aquellos que favorecen el aborto han llamado convenientemente a su posición «pro-elección».
El Dr. Bernard Nathanson, ginecólogo que fue punta de lanza para obtener la legalización del aborto en los Estados Unidos, se arrepintió de haberlo promovido al ver por ecografía a un feto luchando por su vida, mientras un medico practicaba un aborto. Admitió que él y sus socios habían hecho un plan para engañar al público, porque «el fin justificaba los medios». Ellos reconocieron que el pueblo estadounidense no aceptaría el aborto si eran honestos sobre el tema, así que optaron por engañarlo mediante una campaña masiva de cifras abultadas y buscando dirigir el mensaje sobre el aborto hacia algo que fuera «tan americano como el pastel de manzana»: la libertad individual. Con el fin de distraerlos de la realidad, optaron por definir su posición como «pro-elección» («pro choice» en inglés).
No olvidemos que derramar sangre inocente y usar mentiras para justificar estas acciones, están entre las siete cosas que Dios odia (Pr 6:16-19)
Nuestras mentes limitadas tienen dificultades para ser objetivas cuando creemos que está en peligro nuestro derecho de elegir. Sin embargo, abortar no es un «derecho a elegir»: es terminar un embarazo con el propósito expreso de producir la muerte del embrión o el feto.
Para decidir si el aborto es permitido por Dios debemos preguntarnos quién tiene el derecho para quitar la vida del inocente y vulnerable (más que solo pensar en qué cuerpo está la vida). El dador de la vida es la única persona que tiene el derecho para tomar una decisión así, y esa persona es el Dios soberano del cielo y la tierra, siempre justo en Sus caminos aunque no lo comprendamos completamente. Cuando Dios creó a la humanidad, estas fueron Sus palabras:
Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a Nuestra imagen, conforme a Nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra». Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Gn 1:26-27).
El aborto, en cualquiera de sus formas, representa un atropello a la imagen de Dios que Él no pasará por alto (cp. Gn 9:5).
Definamos la vida
Cuando la posición «pro-elección» comenzó a experimentar resistencia, sus defensores se propusieron determinar cuándo el feto alcanza «la condición de persona», argumentando que si se procedía con un aborto antes de «ese límite» no implicaría un homicidio.
La fecha que eligieron inicialmente fue la semana mínima en la que un feto podría sobrevivir al evacuar el útero. En aquel momento era la semana 28. Luego se disminuyó a las 24 semanas, pero hoy tenemos casos reportados de bebés que han nacido con 21 semanas y han sobrevivido. Con el avance de la tecnología, la edad de la viabilidad del feto ha cambiado y los estándares para definir «la condición de persona» pueden seguir cambiando. Pero los cristianos no podemos permitir que sea la tecnología la que defina el valor de la vida.
Dios es el alfarero y nosotros somos el barro, creaciones de Sus manos (Is 64:8). Como se puede apreciar en el Salmo 139, nuestra existencia no inicia cuando nacemos y podemos sobrevivir, sino que Él nos ha formado desde que existimos como dos células. Por lo tanto, la «condición de persona» se origina en la concepción. Y como cristianos confesamos que cada vida fue creada con un propósito específico: glorificarle a Él.
Rechazamos el aborto
La historia ha demostrado que, cuando los seres humanos se arrojan el derecho a decidir sobre la vida, esto solo contribuye a crear una cultura de muerte. Esta cultura promueve no solo el aborto hasta el momento de la labor de parto y la eutanasia, sino que ha llegado incluso hasta proponer el infanticidio hasta los veintiocho días de nacido para los niños con malformaciones congénitas, como afirma Peter Singer, un filósofo utilitarista de origen australiano.
El aborto, en cualquiera de sus formas, representa un atropello a la imagen de Dios que Él no pasará por alto
No olvidemos que derramar sangre inocente y usar mentiras para justificar estas acciones están entre las siete cosas que Dios aborrece (Pr 6:16-19).
Satanás, como quien dirige este mundo de oposición a Dios (1 Jn 5:19), tiene la intención de robar, matar y destruir (Jn 10:10). De modo que, lo que ha ocurrido con la legalización del aborto es el fruto de la interacción entre los corazones y mentes entenebrecidos de los seres humanos, más la acción de un ser astuto y malvado que ha cegado el entendimiento de los incrédulos (2 Co 4:4).
Como creyentes, no podemos dejarnos arrastrar por la corriente de este mundo que promueve la cultura de la muerte.
Defendemos la vida
Mencioné antes los engaños utilizados en el proceso de la legalización del aborto en los Estados Unidos, porque la industria abortiva persiste en utilizar el engaño hasta el día hoy. Al examinar la literatura sobre el tema, incluso médica, noto que constantemente se usan los casos de las enfermedades más extremas para justificar la práctica del aborto, cuando en realidad la gran mayoría de los abortos se producen en las primeras doce semanas del embarazo, cuando otras madres ni siquiera saben que están embarazadas.
Conozco un caso en un país latinoamericano en el que reusaron administrarle quimioterapia a una joven embarazada con leucemia debido a que el tratamiento podía provocarle un aborto. El resultado fue que tanto la madre como el hijo fallecieron. Los grupos «pro-elección» emplearon su historia para impulsar la legalización del aborto en la nación, apelando a que si el aborto hubiese sido legal, se hubiese podido administrar la quimioterapia. Pero esto fue una tergiversación de la realidad.
Aunque la quimioterapia podía provocarle un aborto a la madre, otra opción era retardar la quimioterapia por un tiempo corto para evacuar el útero y luchar por la vida de la madre y del bebé. Incluso si esa no era una opción, la quimioterapia todavía se podía administrar aun si al final ocurría un aborto. Pero en ese caso la intención no habría sido eliminar la vida del bebé (abortar), sino tratar la enfermedad de la madre (con la quimioterapia, no con el aborto).
La felicidad y el bienestar personal reinan de forma suprema en nuestra cultura, violando la Palabra que nos instruye a pensar de forma diferente
En situaciones donde tanto la vida de la madre como la del hijo están en peligro muchos cristianos deciden que el curso a seguir es la evacuación uterina,1 deseando la sobrevivencia del feto y de la madre. La idea es hacer la evacuación uterina lo más tarde posible para colocar al bebé en una incubadora y luchar por salvar su vida. Aun si el bebé no sobrevive, de esta manera demostramos que la vida humana tiene valor desde el mismo momento de la concepción.
También existen casos comunes como la eclampsia (hipertensión, edema y convulsiones) en los que se hace necesaria la evacuación uterina para proteger la vida de la madre. La gran mayoría de estos casos ocurren cuando el feto puede sobrevivir y la mayoría lo hace. Pero, de nuevo, incluso si un bebé no logra sobrevivir, esto no sería un aborto.
Por supuesto, existen situaciones médicas complejas y todas demandan mucha sabiduría y oración. Además, «en la abundancia de consejeros está la victoria» (Pr 11:14). Por eso recomiendo a las madres en situaciones de riesgo que tomen decisiones en conjunto no solo con sus esposos y sus médicos, sino también con el consejo de sus pastores.
Por otra parte, muchos de los abortos practicados hoy en día son justificados por motivos de inconveniencia para la madre, como la soltería, la necesidad de terminar una carrera, la edad temprana. Sin embargo, los cristianos no podemos convertirnos en pensadores utilitaristas donde el fin justifica los medios.
El utilitarismo es parte de la filosofía de nuestra generación hasta el punto de que la felicidad y el bienestar personal reinan de forma suprema en nuestra cultura, violando la Palabra que nos instruye a pensar de forma diferente: «No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Fil 2:3-4).
La vida tiene valor y todo bebé fue creado a la imagen de Dios; esto no se pierde por el suceso que produjo el embarazo
En situaciones de fetos con malformaciones o con síndrome de Down, justificar el aborto no solo desestima la soberanía de Dios, sino que significa querer sentarnos en Su trono para calificar con menos valor a estos bebés que al resto de los niños. En estos casos, hay un precio que los padres pagarán, y aun la sociedad, por tener que cuidar de estos niños, pero como diría el Dr. Lejeune, quien describió el síndrome de Down, «ese es el precio que una sociedad debe pagar para permanecer verdaderamente humana».
En la misma línea de pensamiento, escoger el aborto porque un embarazo fue producido por incesto o violación sería desestimar la soberanía de Dios (Jn 9:1-12), pero también culpar y castigar a un inocente por el pecado cometido, lo cual tampoco es justo (cp. Ez 18:20). El trauma de una violación es real y no la debemos minimizar, pero el abordaje debe ser a través de la consejería para sanar el trauma emocional y no incrementando el trauma con un aborto, sin olvidar también que como sociedad debemos aplicar el peso de la justicia a los violadores sexuales y responsabilizarlos por sus acciones. Además, hay tantos matrimonios, marido y mujer, infértiles anhelando ampliar su familia que podrían adoptar al bebé. La vida tiene valor y todo bebé fue creado a la imagen de Dios; esto no se pierde por el suceso que produjo el embarazo.
Termino recordando que los caminos y pensamientos de Dios no son los nuestros (Is 55:8), por lo que aceptar Su gobierno nos obliga a transformar nuestras mentes para alinear nuestros pensamientos con los de Él (Ro 12:2).
Be the first to comment