Por: Andrés Ramírez Prado/DIRCOM
Las guerras del siglo XXI rara vez se explican por las causas que se invocan públicamente. En particular, la apelación recurrente a fundamentos religiosos para justificar conflictos armados constituye menos una explicación causal que un dispositivo narrativo destinado a legitimar decisiones políticas previamente adoptadas. La actual escalada en Medio Oriente con el involucramiento directo o indirecto de Estados Unidos, Israel e Irán— ilustra con claridad esta dinámica.

Religión como coartada, no como causa
Atribuir los conflictos contemporáneos a dogmas religiosos o a supuestos choques civilizatorios constituye una reducción analítica inaceptable. Ni el sionismo religioso, ni el islam político, ni las reinterpretaciones neopentecostales del cristianismo ofrecen, por sí solas, un marco explicativo suficiente para comprender la lógica de la guerra moderna. Estas narrativas operan más bien como lenguajes de movilización, útiles para cohesionar identidades, desactivar el disenso interno y revestir de legitimidad moral decisiones estratégicas guiadas por intereses materiales.
El conflicto no se origina en textos sagrados, sino en cálculos de poder, disputas por la hegemonía regional, control de rutas energéticas, equilibrio militar y posicionamiento dentro de un sistema internacional en transición. La religión aparece, en este contexto, como retórica justificadora, no como motor estructural.
El costo humano del reordenamiento global
El llamado “reacomodo del orden mundial” no es un proceso abstracto ni aséptico. Se manifiesta de manera concreta en territorios devastados, infraestructuras civiles destruidas y poblaciones desplazadas. La muerte de civiles —incluidos niños y mujeres en instalaciones educativas— no constituye un “daño colateral” en sentido técnico, sino un indicador del fracaso normativo del sistema internacional para proteger a los no combatientes.
Ningún marco teológico serio, cristiano o no, puede reconciliarse con la normalización de la violencia masiva contra civiles. Sin embargo, tanto la propaganda occidental como los discursos de legitimación de regímenes teocráticos convergen en un mismo punto: la relativización de la vida humana cuando entra en conflicto con objetivos estratégicos.
La ficción moral de los “pueblos elegidos”
La noción de pueblos investidos de una legitimidad trascendente para ejercer la violencia constituye una ficción política peligrosa. En el escenario actual no existen actores moralmente incontaminados. Ni las democracias liberales que intervienen militarmente en nombre de la seguridad, ni los Estados confesionales que reivindican autoridad divina, pueden reclamar superioridad ética mientras toleran —o ejecutan— políticas que producen sufrimiento indiscriminado.
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La persistencia de esta lógica revela un problema más profundo: la erosión del humanismo secular como principio rector del orden internacional, sustituido por narrativas identitarias que fragmentan la responsabilidad moral y diluyen la rendición de cuentas.
Secularizar el análisis, humanizar la política
Cerrar el uso político del Antiguo Testamento —o de cualquier otro texto sagrado— como instrumento de legitimación bélica no implica negar su valor espiritual o cultural. Implica, más bien, restituir la separación entre fe y poder coercitivo, una distinción fundamental para cualquier análisis riguroso de la política internacional.
“Ver con el ojo de Cristo”, si se utiliza la expresión, no puede significar alinearse acríticamente con bloques de poder, sino reconocer la centralidad de la dignidad humana, incluso —y especialmente— en contextos de alta complejidad geopolítica. Ello exige abandonar explicaciones simplistas, resistir la propaganda y recuperar una lectura estructural del conflicto.
Conclusión
La guerra contemporánea no es un enfrentamiento entre dioses, credos o civilizaciones. Es el resultado de decisiones humanas inscritas en un sistema internacional en recomposición, donde la violencia sigue siendo un instrumento aceptado de regulación del poder. Dios no bombardea ciudades; lo hacen los Estados. Y mientras la religión continúe siendo utilizada como coartada moral, el debate público permanecerá atrapado entre la fe instrumentalizada y la violencia normalizada.
El desafío, entonces, no es teológico, sino político e intelectual: desacralizar la guerra para volver a pensar la paz.
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