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En los últimos años, el debate político ha experimentado una transformación silenciosa pero profunda. Las redes sociales y ciertos espacios mediáticos han amplificado una dinámica en la que la confrontación ya no se construye sobre argumentos, sino sobre insinuaciones, acusaciones sin sustento y narrativas diseñadas para erosionar al adversario. En este contexto, la desinformación y la calumnia han dejado de ser anomalías para convertirse en herramientas recurrentes dentro de la disputa política.
Hay una degradación silenciosa en la política contemporánea que rara vez se nombra con la suficiente claridad: la normalización de la calumnia como herramienta de posicionamiento.
No se trata de errores, ni de excesos aislados.
Se trata de un método.
La acusación infundada ya no busca demostrar, sino insinuar.
No pretende probar, sino instalar una sospecha razonable en la mente del público.
Y en ese gesto, aparentemente menor, reside su eficacia.
Porque la duda, una vez sembrada, no necesita evidencia para sobrevivir.
La lógica de la sospecha en la política contemporánea
En este ecosistema, la verdad pierde centralidad.
Lo que importa es la capacidad de capturar atención, de dominar el ritmo de la conversación, de imponer un marco interpretativo aunque carezca de sustento.
La política deja de ser deliberación para convertirse en una disputa por percepciones.
Cuando la calumnia se vuelve funcional
Lo inquietante no es únicamente la existencia de estas prácticas, sino su rendimiento.
Funcionan porque encuentran terreno fértil: una audiencia predispuesta a reaccionar más que a verificar, a amplificar más que a examinar.
Así, el escándalo desplaza al argumento.
La insinuación sustituye a la prueba.
Y el ruido termina por erosionar los márgenes mismos de lo verificable.
Un problema estructural en el espacio público
Cuando la calumnia se vuelve funcional, el problema ya no es individual.
Es estructural.
Porque en ese punto, lo que se deteriora no es solo la reputación de un actor político, sino la calidad del espacio público en su conjunto.
Porque cuando la sospecha sustituye a la evidencia, la política deja de ser un espacio de construcción colectiva y se convierte en un terreno de desgaste permanente. En ese escenario, ya no se compite por ideas, sino por la capacidad de erosionar al otro. Y cuando esa lógica se impone, el mayor daño no lo sufre un individuo en particular, sino la confianza pública, que lentamente se diluye hasta volverse irreconocible.
Bibliografía y fuentes:
- Wardle, Claire; Derakhshan, Hossein. Information Disorder: Toward an interdisciplinary framework for research and policy making . Council of Europe, 2017.
- Herman, Edward S.; Chomsky, Noam. Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media . Pantheon Books, 1988.
- McIntyre, Lee. Post-Truth . MIT Press, 2018.
- Sunstein, Cass R. #Republic: Divided Democracy in the Age of Social Media . Princeton University Press, 2017.
- Vosoughi, Soroush; Roy, Deb; Aral, Sinan. The spread of true and false news online . Science, 2018.
- Bennett, W. Lance; Livingston, Steven. The disinformation order: Disruptive communication and the decline of democratic institutions . European Journal of Communication, 2018.
- Lippmann, Walter. Public Opinion . Harcourt, Brace and Company, 1922. (pdf)
Sobre el autor
Andrés Ramírez es especialista en Periodismo y Marketing Político por la Universidad de Ávila, Madrid, y en Mercadeo por la Universidad Juan Pablo II. Es Director del programa “Sin Anestesia” en Radio Costa Rica y consultor internacional en comunicación digital e inteligencia artificial aplicada. Desde 2018, se desempeña como director y redactor en Impacto Noticias CR.
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