Los estadios mexicanos que serán sede del Mundial 2026 avanzaron en certificaciones ambientales exigidas por la FIFA, pero enfrentan una contradicción difícil de ignorar: deben operar bajo estándares de sostenibilidad y, al mismo tiempo, mantener canchas de césped natural que consumen grandes cantidades de agua potable.
Los recintos mundialistas deben cumplir con criterios de eficiencia energética, manejo de residuos, consumo de agua y calidad ambiental. Sin embargo, el reglamento de la Copa Mundial FIFA 2026 exige que los partidos se jueguen sobre pasto natural, una condición que eleva el uso de agua en ciudades donde el recurso hídrico ya es motivo de preocupación.
El caso mexicano expone uno de los debates más incómodos del torneo: ¿puede un Mundial gigantesco presentarse como sostenible cuando sus propias exigencias técnicas aumentan la presión sobre recursos básicos?
El debate forma parte de una transformación más amplia del torneo, que también incluye tecnología avanzada y nuevas reglas, como explicamos en Mundial 2026: el torneo que cambiará para siempre el fútbol.
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Estadios sostenibles Mundial 2026: qué exige la FIFA
Para formar parte del Mundial 2026, los estadios sede deben cumplir con certificaciones ambientales LEED, un estándar internacional que evalúa el desempeño de edificios en áreas como agua, energía, residuos, transporte, calidad del aire y operación diaria.
De acuerdo con el U.S. Green Building Council, LEED mide cómo los edificios reducen su impacto ambiental y mejoran su eficiencia operativa.
En el caso del Mundial 2026, los recintos deben alcanzar al menos un nivel plata. Algunos estadios, como el BBVA de Monterrey y el Akron de Guadalajara, partieron con ventaja porque fueron construidos bajo parámetros modernos. El Estadio Azteca, ahora denominado Estadio Ciudad de México para efectos FIFA, tuvo que adaptar su operación sin alterar su valor histórico.
El Estadio Azteca y la modernización más compleja
El antiguo Estadio Azteca enfrentó uno de los procesos más difíciles. Al tratarse de un recinto inaugurado en 1966, sus ajustes no podían limitarse a cambios superficiales.
Las mejoras incluyeron sustitución de sanitarios antiguos, nuevos proveedores, manejo de residuos, mayor control operativo y mejoras en áreas internas utilizadas por personal técnico y administrativo.
El reto no fue solo obtener una certificación, sino demostrar que un estadio histórico podía adaptarse a las exigencias ambientales de un Mundial moderno.
El caso del Estadio BBVA
El Estadio BBVA de Monterrey representa un caso distinto. Al ser un recinto más reciente, ya contaba con elementos diseñados para reducir consumo de agua, energía y residuos.
Entre las medidas aplicadas destacan iluminación LED, medidores adicionales de agua, monitoreo energético, reducción del plástico PET durante partidos y nuevas condiciones ambientales para proveedores.
También se incorporaron sistemas para medir calidad del aire, ventilación y confort en zonas cerradas del estadio, especialmente en una ciudad como Monterrey, donde la contaminación y las altas temperaturas son desafíos importantes.
La contradicción del césped natural
El punto más sensible aparece en la cancha.
La FIFA exige que los partidos del Mundial se jueguen sobre césped natural, al considerar que ofrece mejores condiciones para los futbolistas. La exigencia está vinculada al reglamento y a los estándares operativos del torneo publicados por la FIFA.
El problema es que el mantenimiento del pasto natural puede multiplicar el consumo de agua. Un campo artificial puede requerir alrededor de 900 litros diarios, mientras una cancha natural puede llegar a demandar hasta 50.000 litros por día.
La cifra equivale aproximadamente al consumo diario de agua de cientos de personas.
Agua potable para cuidar el pasto
La discusión se vuelve más delicada porque algunos estadios antes utilizaban agua recuperada para riego. Sin embargo, las condiciones exigidas para el césped mundialista obligaron a sustituir parte de ese suministro por agua potable.
En ciudades con estrés hídrico, esta decisión abre una pregunta inevitable: ¿hasta dónde puede justificarse el uso intensivo de agua potable para mantener una cancha en condiciones FIFA?
El debate no elimina los avances ambientales logrados por los estadios, pero sí evidencia una tensión entre sostenibilidad certificada y operación real.
La sostenibilidad no es solo tecnología
Los procesos de certificación también obligaron a modificar hábitos internos.
No bastaba con instalar luces LED o cambiar sanitarios. Los estadios tuvieron que coordinar proveedores, capacitar personal, reducir residuos, medir consumos y transformar rutinas operativas completas.
La sostenibilidad, en este caso, no depende únicamente de infraestructura. También exige cultura organizacional y seguimiento permanente.
Vecinos y críticas alrededor de los estadios
Fuera de los recintos, el debate tiene otro tono.
Comunidades cercanas a grandes estadios han cuestionado el uso de agua, las obras vinculadas al Mundial y la prioridad otorgada a estos proyectos frente a necesidades urbanas cotidianas.
Esto demuestra que una certificación ambiental no siempre resuelve la percepción ciudadana sobre el impacto de un megaevento.
El Mundial 2026 como prueba ambiental
El Mundial 2026 será el torneo más grande de la historia, con 48 selecciones, 104 partidos y sedes distribuidas en Estados Unidos, México y Canadá.
En ese contexto, la sostenibilidad no puede medirse solo por certificados. También deberá evaluarse por consumo real de agua, energía, transporte, residuos y efectos sobre las comunidades anfitrionas.
Los estadios sostenibles Mundial 2026 representan un avance en infraestructura deportiva. Pero también revelan una paradoja: el fútbol moderno quiere ser más verde, aunque todavía depende de decisiones que pueden tener un alto costo ambiental.
La gran prueba llegará cuando el balón empiece a rodar y las promesas ambientales sean medidas frente a la realidad operativa del torneo.
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