Javier Milei convirtió su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en una impugnación del orden multilateral. Al cuestionar el papel de la organización en la disputa por las islas Malvinas, acusarla de haber gestionado mal la pandemia y denunciar un supuesto proyecto de control social, el presidente argentino no solo atacó a la ONU: puso en escena una forma de entender el poder internacional.
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La ONU como símbolo de todo lo que Milei rechaza
Durante su discurso, Milei calificó de “inútil” a la ONU por “mirar a otro lado” frente al reclamo argentino sobre las Malvinas. También acusó a la organización de alimentar una “casta de parásitos arrogantes disfrazados de burócratas bienintencionados” y la responsabilizó por decisiones adoptadas durante la pandemia que, según sostuvo, destruyeron empleos y perjudicaron la educación.
Más allá de la dureza de las expresiones, el mensaje tiene una lógica política reconocible. Milei presenta a los organismos internacionales como estructuras alejadas de los ciudadanos, protegidas por un lenguaje técnico y capaces de tomar decisiones con consecuencias globales sin asumir el costo político correspondiente. La ONU aparece así como la síntesis de una burocracia transnacional que, desde su perspectiva, limita la soberanía en lugar de protegerla.
Su argumento contiene, sin embargo, una contradicción central: Argentina necesita los foros multilaterales para mantener la cuestión Malvinas en la agenda internacional, pero el Gobierno argentino cuestiona la legitimidad del sistema en el que esa agenda se discute. El reclamo de soberanía y la desconfianza hacia las instituciones que pueden amplificarlo conviven en el mismo discurso.
Malvinas: reclamar reconocimiento mientras se desacredita el foro
La disputa por las Malvinas no es un asunto accesorio de la política exterior argentina. Es una causa de Estado que Buenos Aires ha sostenido durante décadas mediante resoluciones, negociaciones y pronunciamientos internacionales. La ONU no resuelve por sí sola el conflicto, pero ofrece un espacio diplomático indispensable para evitar que la controversia desaparezca.
Por eso, el ataque de Milei produce un efecto paradójico. La retórica de confrontación puede reforzar la identidad política de su gobierno dentro de Argentina, pero no necesariamente aumenta su capacidad de negociación fuera del país. En diplomacia, la eficacia de un reclamo depende tanto de su fuerza simbólica como de la construcción de alianzas y de la continuidad de una estrategia.
La pandemia y la teoría del control social
El presidente argentino también cuestionó la respuesta internacional frente a la pandemia y acusó a la ONU de promover una forma de control social global mediante una interpretación arbitraria de la ciencia. En su intervención, estas afirmaciones funcionaron menos como una evaluación técnica que como una denuncia política: el Estado y las instituciones internacionales fueron presentados como amenazas potenciales para la libertad individual.
El encuadre permite entender el alcance de su discurso. Milei no se limita a criticar una decisión concreta; convierte la discusión sobre la pandemia en una disputa sobre quién debe definir los límites de la autoridad pública. Su respuesta es inequívoca: cuanto más amplia sea la coordinación internacional, mayor es el riesgo de que las instituciones sustituyan la voluntad de las sociedades nacionales.
Inteligencia artificial: la frontera que no quiere regular
La misma tensión aparece en su posición sobre la inteligencia artificial. Milei sostuvo que esta tecnología exige prudencia, pero no miedo, y rechazó que la respuesta sea un control estatal amplio. “Donde muchos ven una amenaza, nosotros vemos una frontera”, afirmó.
La frase resume una visión política: la innovación debe avanzar antes de que la regulación pueda frenarla. El contraste con su crítica a la ONU es revelador. Para Milei, la cooperación internacional parece sospechosa cuando establece límites, pero deseable cuando sirve para proyectar una causa nacional como la de Malvinas. Ese doble movimiento —rechazo a la autoridad común y búsqueda de reconocimiento común— es uno de los rasgos menos comentados de su política exterior.
Un método de confrontación con alcance internacional
La ONU no es el único blanco de Milei. Sus intervenciones han convertido en adversarios a dirigentes, jueces e instituciones que considera parte del campo político opuesto. En agosto, durante un acto de campaña de Flávio Bolsonaro, calificó de “ladrón” y “presidiario” al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Lula respondió y el episodio volvió a tensar la relación entre ambos países.
El enfrentamiento tenía antecedentes. En mayo de 2023, Milei había llamado a Lula “zurdo salvaje” y lo había acusado de respaldar a “dictadores, violadores de derechos humanos y autócratas con las manos manchadas de sangre”. También atacó a Alexandre de Moraes, magistrado del Tribunal Supremo Federal brasileño, a quien calificó de “basura calva” en 2024.
Con Pedro Sánchez ocurrió algo similar. En 2024, el Gobierno español retiró a su embajadora en Argentina después de los agravios proferidos por Milei durante y después de su visita a España. El presidente argentino llamó a Sánchez “cobarde, mentiroso e incompetente” y luego afirmó que tenía “un complejo de inferioridad” respecto de él y que se “escondía bajo las faldas de mujeres” para atacarlo. En ese contexto, calificó de “corrupta” a Begoña Gómez, pareja del mandatario español.
A inicios de septiembre, Milei volvió a cuestionar a Sánchez en el marco de la crisis migratoria de Ceuta. Sostuvo que “una izquierda radical controla el continente” y acusó al presidente español y al PSOE de facilitar la inmigración descontrolada y destruir la identidad española.
Ni el papa se salva
La confrontación tampoco se detuvo en las fronteras de la política. Antes de llegar a la Presidencia, Milei dirigió duras descalificaciones contra el difunto papa Francisco, a quien llamó “imbécil”, “asno” y promotor del “mal” y el “comunismo”.
“El papa es el representante del Maligno en la Tierra ocupando el trono de la casa de Dios”, dijo en la televisión argentina en noviembre de 2020. La distancia entre aquellas palabras y la posterior relación institucional entre el mandatario y el Vaticano muestra hasta qué punto su lenguaje puede desplazarse desde la discrepancia ideológica hacia el ataque personal.
La política exterior convertida en escenario doméstico
El hilo común de estos episodios no es únicamente el insulto. Es la transformación de conflictos complejos en combates morales: libertad contra control, nación contra burocracia, ciudadanos contra élites, orden contra caos. Ese encuadre simplifica debates difíciles y ofrece a sus seguidores adversarios fácilmente identificables.
El costo aparece en otro plano. La política exterior requiere administrar intereses incluso con gobiernos e instituciones que no comparten una determinada visión ideológica. Cuando la disputa pública se convierte en el principal instrumento diplomático, la atención mediática puede crecer, pero también se reducen los márgenes para negociar, corregir posiciones y sostener alianzas.
El verdadero desafío: convertir la ruptura en resultados
La pregunta de fondo no es si las frases de Milei son provocadoras. Lo son, y forman parte de una estrategia de comunicación deliberada. El interrogante más relevante es si esa estrategia puede traducirse en resultados concretos: avances para Argentina en la cuestión Malvinas, mayor capacidad de negociación y una política exterior con continuidad.
La crítica a la ONU puede funcionar como declaración de independencia frente al lenguaje diplomático tradicional. Pero si Argentina quiere que su reclamo sea escuchado, necesitará algo más que una denuncia contundente: deberá convencer a otros países, sostener acuerdos y utilizar las instituciones que cuestiona. La paradoja del mileísmo internacional es precisamente esa: busca cambiar las reglas mientras todavía necesita jugar en el tablero que esas reglas construyeron.
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