ALEMANIA GIRA A LA DERECHA: LA IZQUIERDA SIGUE PERDIENDO ADEPTOS A NIVEL GLOBAL… EXPLICAMOS EL PORQUÉ

Friedrich Merz, presidente de la CDU, durante un acto de campaña electoral en Oberhausen, Alemania, el 21 de febrero de 2025.
El presidente de la CDU, Friedrich Merz, participa en un acto de campaña electoral en Oberhausen, Alemania, el 21 de febrero de 2025.

El avance de la AfD en Alemania no puede explicarse únicamente como un giro ideológico de los votantes. También revela el desgaste de los partidos tradicionales, la incapacidad de la izquierda para interpretar nuevas inseguridades y una disputa más profunda por el significado del futuro.


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El 44 % no apareció de la nada

La cercanía de la AfD al 44 % en Sajonia-Anhalt no representa un accidente electoral ni una reacción pasajera. Es el resultado visible de un proceso que se fue acumulando durante más de una década.

La crisis económica, la presión migratoria, el aumento de la inseguridad, el precio de la energía y la frustración con Berlín han erosionado la confianza en los partidos tradicionales. En parte del este alemán se suma una sensación más antigua: que la reunificación política no resolvió por completo las desigualdades económicas, sociales y culturales.

La AfD encontró en ese malestar una oportunidad. No tuvo que inventar todas las preocupaciones de sus votantes; le bastó con organizarlas dentro de un relato político sencillo: hay una élite desconectada, unas instituciones incapaces de proteger a la población y un país que ha perdido el control de su propio rumbo.

La derecha crece donde la izquierda dejó de escuchar

El ascenso de la AfD no demuestra, por sí solo, que toda la sociedad alemana se haya vuelto de extrema derecha. Sí muestra que la izquierda y el centro político han perdido capacidad para interpretar una parte decisiva del descontento social.

Durante años, muchos partidos progresistas respondieron a las nuevas tensiones con categorías heredadas: redistribución, derechos sociales y defensa de las instituciones. Esas prioridades siguen siendo relevantes, pero ya no bastan para responder a una ciudadanía preocupada por la seguridad, la identidad, la migración, el deterioro de los servicios públicos y la posibilidad de perder estabilidad económica.

Cuando esas preocupaciones son descartadas como ignorancia o intolerancia, la conversación no desaparece. Se desplaza hacia fuerzas que sí están dispuestas a abordarlas, aunque lo hagan mediante la confrontación, la simplificación o la estigmatización de minorías.

Ese es uno de los ángulos menos discutidos del fenómeno: la derecha radical no solo está ganando votos. También está ganando la iniciativa para definir de qué se habla y en qué términos.

La actual fórmula de éxito de la extrema derecha europea se basa en un programa común: rechazo de la inmigración y del islam; afirmación de la identidad y la soberanía nacionales, en particular frente a la Unión Europea; y un programa autoritario y orientado a la seguridad basado en la ley y el orden.

Una imagen más amable para un proyecto radical

La AfD comprendió que la radicalidad política no siempre se presenta con una estética radical. En internet, en las redes sociales y en la comunicación cotidiana, el partido ha aprendido a convertir posiciones duras en mensajes breves, emocionales y fácilmente reconocibles.

Rostros como el de Ulrich Siegmund contribuyen a esa transformación: permiten presentar un partido radical con una imagen más cercana y menos amenazante. El resultado es una paradoja importante. Mientras el discurso puede mantener componentes antiinmigrantes y ultraconservadores, su presentación pública busca normalizarlo y convertirlo en una opción de gobierno.

La disputa, por tanto, no se libra solo en los programas electorales. También se libra en la percepción: quién parece comprender a la gente común, quién habla sin rodeos y quién logra convertir la frustración en identidad política.

La memoria alemana no basta para detener el avance

En Alemania, el crecimiento de la extrema derecha tiene una carga histórica que no existe con la misma intensidad en otros países europeos. La discusión sobre la AfD también involucra a los tribunales y a los organismos de protección constitucional.

La memoria del pasado funciona como una advertencia, pero no como una barrera automática. No toda persona que vota por la AfD es nazi, y reducir a esos votantes a esa etiqueta impediría comprender el fenómeno. La preocupación surge de otra parte: Alemania conoce las consecuencias de normalizar el nacionalismo extremo, la deshumanización del adversario y el debilitamiento de los contrapesos democráticos.

La lección es incómoda. Recordar la historia es indispensable, pero no sustituye una respuesta política eficaz a los problemas del presente.

El aislamiento político resuelve una parte del problema

Con 39 de 83 escaños, la AfD no alcanza por sí sola la mayoría absoluta, que requiere 42. Además, el canciller Friedrich Merz ya descartó una cooperación con el partido, manteniendo la política de aislamiento.

Ese cordón político puede impedir que la AfD llegue inmediatamente al gobierno. Pero no elimina las razones por las que millones de personas decidieron votarla. Una cosa es excluir a un partido de una coalición; otra es recuperar a los ciudadanos que dejaron de sentirse representados.

Si los partidos tradicionales convierten el aislamiento en su única estrategia, podrían contener el acceso de la AfD al poder sin detener su crecimiento electoral. La cuestión central no es solo quién gobierna hoy, sino quién consigue construir la agenda de mañana.

Los jóvenes no son un bloque perdido

En las elecciones federales de 2025, la AfD obtuvo alrededor del 21 % de los votos y se convirtió en la segunda fuerza del Bundestag. Ahora se acerca al 44 % en un estado federado, con un apoyo que también alcanza a personas que apenas comienzan su vida adulta.

La dimensión generacional importa. Un votante de 60 años que cambia de partido puede representar un ciclo electoral. Un joven de 20 años que adopta una identidad política puede mantenerla durante décadas.

Pero sería un error describir a toda una generación como perdida. La misma juventud que vota por la AfD también participa en protestas contra ella y denuncia el discurso antiinmigrante, el rechazo al feminismo, las posiciones ultraconservadoras y las políticas que considera contrarias a los derechos civiles.

La batalla no enfrenta únicamente a izquierda y derecha. Enfrenta distintas respuestas a una misma incertidumbre: cómo recuperar el control sobre el futuro en un momento de pérdida de confianza en las instituciones.

El voto ya habló

La mayor lección de Sajonia-Anhalt no está solamente en el 44 %. Está en todo lo que ocurrió antes de que ese porcentaje apareciera en las urnas.

Alemania no amaneció de extrema derecha de un día para otro. La AfD se fortaleció con las crisis, aprendió a comunicarse en internet, encontró una forma más amable de presentar un proyecto radical y conectó con una generación que ya no siente la obligación de votar como sus padres.

La pregunta ya no es si la AfD puede ganar elecciones. Ya lo hizo. La pregunta es cuánto más puede crecer y qué harán los partidos tradicionales para recuperar a los jóvenes, los trabajadores, las familias, los habitantes del este alemán y a quienes sienten que perdieron algo o que tienen miedo del futuro.

La verdadera historia no es únicamente el avance de la ultraderecha. Es también la incapacidad de sus adversarios para ofrecer una interpretación convincente del malestar social.

Si la política tradicional se limita a decirles a esos votantes que están equivocados, alguien más seguirá dispuesto a decirles exactamente lo que quieren escuchar. Y mientras la izquierda siga perdiendo esa conversación, la derecha continuará ocupando el espacio que otros abandonaron.

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