En el cierre de una semana marcada por la máxima tensión institucional, la presidenta Laura Fernández ha trasladado el debate político de los despachos judiciales a las plazas públicas. Tras su reciente gira por Guanacaste, la mandataria sostiene que la democracia costarricense «está más viva que nunca», utilizando el respaldo masivo en las calles como la prueba definitiva contra quienes califican su gestión de antidemocrática.
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Fenómeno en encuestas: Fernández capitaliza el descontento institucional
Más allá de la retórica, los datos de las encuestas más recientes reflejan un fenómeno inusual en la política costarricense: Laura Fernández no solo mantiene su base, sino que crece exponencialmente en los sectores que se sienten alienados por las instituciones tradicionales. Mientras sus detractores se enfocan en tecnicismos legales, la mandataria capitaliza simpatizantes mediante un discurso de «nosotros contra ellos», posicionándose como la defensora de un pueblo que, según ella, ha sido ignorado por décadas.
Este respaldo no es solo una percepción de calle; datos recientes confirman que el apoyo a Laura Fernández llega al 73,5% según la encuestadora OPol, una cifra que la consolida como una figura de peso regional, situando a Laura Fernández entre los tres mejores presidentes de Latinoamérica en julio 2026.
Este crecimiento se sustenta en una estrategia de polarización efectiva: cada crítica proveniente del Poder Judicial o de la Asamblea Legislativa es transformada por el Ejecutivo en una medalla de honor. Para el ciudadano promedio que desconfía del sistema, Fernández representa una ruptura necesaria, lo que le permite absorber el apoyo de votantes indecisos que buscan un liderazgo fuerte frente a lo que perciben como una parálisis estatal.
La gira por Guanacaste: El termómetro social como validación política
Para la administración Fernández, las concentraciones en Nicoya y el resto de la provincia pampera no fueron solo actos protocolarios, sino un referéndum sobre su legitimidad. La mandataria utiliza el concepto del «pueblo sabio» para crear un contraste directo entre la percepción ciudadana y las advertencias de los sectores técnicos y legales del país. Según su narrativa, existe un divorcio profundo entre las instituciones tradicionales, Poder Judicial, partidos de oposición y medios de referencia, y el sentir de la mayoría electoral.
Al preguntar directamente a la ciudadanía sobre las «mentiras» de actores como el diario La Nación o el partido Liberación Nacional, Fernández busca una validación emocional que trasciende el dato jurídico. Esta estrategia de comunicación política intenta simplificar la complejidad de los proyectos de ley en una elección binaria: creer en el Gobierno o creer en lo que ella denomina «bajeza» de la oposición.
El cuestionamiento a los contrapesos: ¿Hacia una democracia de mayorías absolutas?
Un punto crítico en el discurso presidencial es la mención a la composición del Congreso. Al cuestionar retóricamente por qué no obtuvo 38 diputados, la mayoría calificada necesaria para reformas constitucionales de fondo, Fernández deja entrever una frustración con el diseño actual del sistema de pesos y contrapesos. Este planteamiento sugiere que, bajo su óptica, el bloqueo legislativo es un obstáculo a la voluntad popular expresada en las urnas.
La presidenta insiste en que quienes deben «revisarse» son sus críticos. Al invertir la carga de la prueba, el Ejecutivo posiciona cualquier fiscalización como un acto de resistencia antidemocrática. Esta inversión del relato es fundamental para entender la dinámica de poder actual: el cumplimiento de la ley ya no se mide solo en los tribunales, sino en la capacidad de movilización y el respaldo en la consulta directa al «soberano».
Conclusión: El «pueblo despierto» como eje de la nueva narrativa oficial
Fernández concluyó su intervención con un mensaje de fuerte carga simbólica, afirmando que la falta de una mayoría absoluta en el Congreso fue producto de las «mentiras» que intentaron confundir al electorado. Sin embargo, para la mandataria, ese escenario ha cambiado: describe a un pueblo «más vigoroso, exigente y despierto que nunca», una terminología que evoca el despertar de una conciencia colectiva frente a las élites tradicionales.
Desde la perspectiva de Impacto Noticias CR, esta retórica marca el inicio de una nueva etapa en la política nacional. Al declarar que el pueblo ya no es susceptible al «engaño de una dictadura», Fernández no solo se defiende, sino que lanza un desafío a largo plazo: la construcción de una legitimidad que no requiere de la aprobación de los jueces, sino del clamor de las plazas. El riesgo país, en este contexto, se desplaza de lo económico a lo institucional, donde la estabilidad dependerá de si los puentes entre el «soberano» y la Constitución logran mantenerse intactos.
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